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Las causas económicas de la prostitución
28/05/2006
Uno de los principales progresos del feminismo habrá sido lograr que la prostitución haya perdido mucho de lo que hasta no hace mucho tiempo la hacía aparecer como algo natural, evidente, que iba de suyo. De ahora en más, desde el punto de vista de la 'demanda', recurrir a los servicios de prostitutas ya no será una actividad anodina, un componente ordinario y banal de la sexualidad masculina, sino una verdadera desviación. Hasta el punto de que en 1999 una país como Suecia la hizo posible de acciones judiciales. Desde el punto de la vista de la 'oferta', es decir de las personas que ejercen la prostitución, la mirada también evolucionó : la condena moral que afectaba a las 'mujeres de mala vida' desapareció en beneficio de una visión marcada en mayor medida por un sentimiento de conmiseración. Ni culpables de incitar a la lujuria, ni de propagar enfermedades venéreas en el seno de la población, las prostitutas son percibidas, actualmente, ante todo como víctimas de dificultades socioeconómicas, de carencias psicológicas o incluso de la violencia de proxenetas.

Esta evolución, aunque positiva, no deja de ser frágil y parcial. Frágil, porque siempre es posible dar marcha atrás, tal como demuestra la decisión del ministro de interior francés Sarkozy de resucitar el delito de captación pasiva de clientes, eliminado por el Código Penal francés en 1993. En contraposición al enfoque asistencial adoptado por Francia desde 1960, resurge así una lógica de represión ; sus consecuencias nefastas para las prostitutas (incremento de la clandestinidad, la precariedad, la inseguridad, la exposición al HIV y la dependencia de los proxenetas) son a partir de ahora indudables.

Parcial, porque la imagen de la prostitución descrita por muchas feministas y abolicionistas suele olvidar uno de sus aspectos esenciales : su dimensión social. Este olvido no sólo conduce a una representación trunca del mundo de la prostitución, sino sobre todo condena a tomar posiciones que no contradigan las expectativas, preocupaciones y necesidades reales de las prostitutas.

Los vínculos entre prostitución y precariedad social no sólo se olvidan, sino que se niegan rotundamente. Así de la pluma de una escritora abolicionista puede leerse : 'las prostitutas pertenecen a todos los estratos sociales' y 'la prostitución ya no es patrimonio exclusivo de las categorías económicamente desfavorecidas'. Una afirmación que desmienten todos los estudios, por poco que reparen en el origen y la trayectoria sociales de las prostitutas. Por ejemplo, el estudio realizado por François-Rodolphe Ingold, según un muestreo de 241 mujeres y hombres parisinos que se prostituyen, señala claramente una excesiva presencia (41%) de personas provenientes de 'sectores sociales modestos o muy modestos, a veces marginales'.

Por su parte, la investigación realizada en Noruega por Cécile Hoigard y Liv Finstad concluye que 'son las mujeres de la clase obrera y del lumpen-proletariado quienes son reclutadas para ejercer la prostitución'. El nivel escolar de las prostitutas es además muy limitado, tal y como señala François-Rodolphe Ingold : 'Si poseen formación (52% de los casos), ésta es a menudo elemental y raramente se traduce en un idioma.

Asimismo, las condiciones de vida de las prostitutas son muy precarias. Un estudio realizado en 1995 sobre 355 mujeres y hombres que ejercen la prostitución en diferentes ciudades de Francia señala que el 61% carece de cobertura social ; sólo la mitad posee una vivienda estable, mientras que el 41% vive en hoteles (2% sin hogar). El estudio indica además la frecuencia de las agresiones : un tercio de las personas interrogadas señalan haber sido agredidas, al menos una vez, entre los meses de enero y mayo de 1995.

Estos datos invitan a considerar la prostitución no sólo como una de las expresiones más brutales de la dominación masculina, sino también como una de las manifestaciones más extremas de las relaciones económicas y sociales. Es frente a un mercado laboral cerrado a los sectores de la población económica y culturalmente más desprovistos –especialmente femeninos– que la prostitución adquiere su sentido.

Vender su cuerpo, o más precisamente alquilarlo, para uso sexual, constituye uno de los últimos recursos posibles cuando los medios legítimos de adquisición económica –principalmente a través del trabajo o de prestaciones de ayuda social– resultan inaccesibles. La prostitución depende de la economía informal, igual que actividades tales como el robo, la venta de drogas, la mendicidad o inclusive, en países como Estados Unidos -donde es retribuida-, la venta de sangre. En este sentido, y contrariamente a lo que sostienen ciertas organizaciones de prostitutas o ciertas organizaciones feministas que promueven la 'libertad de prostituirse', el ejercicio de la sexualidad venal nunca es un acto voluntario y deliberado. Producto de la ausencia de medios alternativos de vida, es siempre el resultado de una coacción, o en el mejor de los casos, de una adaptación resignada a una situación marcada por el desamparo, la carencia o la violencia.

Esta coacción se hace sentir en el seno de los estratos más precarios y más dominados : jóvenes que no acceden a la RMI (renta mínima de inserción) porque no tienen 25 años ; toxicómanas que urgidas por la abstinencia deben reunir las sumas necesarias para comprar la droga de la que dependen ; madres de familia aisladas o extranjeras en situación irregular para quienes las prestaciones de ayuda social son insuficientes o inaccesibles… Unos-as y otros-as no ven a menudo otra alternativa para sobrevivir –y eventualmente para hacer que sus hijos-as sobrevivan– que aceptar las propuestas de hombres que pagan por una relación sexual.

Desafiliación social

Pero la coacción no es sólo económica, también puede ser la que ejercen los proxenetas, mezclando en grados diversos extorsión afectiva y violencia física. La reciente aparición de redes extranjeras de proxenetismo mafioso con métodos particularmente violentos no debe sin embargo llegar a oponer ambas lógicas. No sólo el proxenitismo, como el conjunto de actividades que dependen de la delincuencia, brinda la ocasión de un rápido enriquecimiento para los hombres de las clases populares que carecen de futuro en la economía legal ; la prostitución cumple un papel similar para las mujeres que están sometidas a ellos. Engañadas con falsas promesas de empleo o conscientes de que abandonaban su país para prostituirse (subestimando la violencia y la explotación a la cual serían sometidas), en todo caso esas mujeres buscan un futuro mejor en un país diferente al de origen : huyen de una economía a menudo devastada y un sistema de protección social en ruinas.

Sin embargo, no todas las personas que se prostituyen están sometidas a coacciones tan directas y brutales. La frustración social constituye otra importante lógica de ingreso y, sobre todo, de permanencia en el 'mercado del sexo'. En efecto, la prostitución representa una de las escasas vías de acceso a un nivel de vida al cual un origen social modesto y un escaso nivel de formación profesional impiden llegar. Habiendo decidido y aceptado asumir la indignidad y el estigma, siempre dolorosamente, hay prostitutas para quienes el mundo del trabajo está cerrado y que incluso el acceso a un empleo 'normal' no les permitiría mantener el mismo nivel de ingresos.

Entre estas prostitutas en situación relativamente favorable es donde se escuchan con mayor fuerza las reivindicaciones de su actividad como un 'trabajo de pleno derecho', un reconocimiento que según ellas pasa prioritariamente por el acceso a la seguridad social y a la jubilación, prestaciones de las que están excluidas. Estas exigencias parecen responder a menudo a una lógica de rechazo a aquellas prostitutas en condiciones más precarias, acusadas por quienes consideran 'verdaderas profesionales' de rebajar las tarifas, de aceptar las relaciones sexuales sin preservativo solicitadas por numerosos clientes y de generar por consiguiente una competencia desleal. Su actividad les permite sobrevivir día a día, o integrarse al menos económicamente a la vida social (en el mejor de los casos), pero todas se encuentran sin protección ante los avatares de la vida (enfermedades, agresiones, accidentes…) a los cuales están particularmente expuestas.

En este sentido, la prostitución remite plenamente a esa lógica de desafiliación social, tan bien descrita por Robert Caste : situada al margen del mundo del trabajo y de sus protecciones, representa una tensa zona de vulnerabilidad entre integración y exclusión, en cuyo seno los individuos se someten a actividades degradantes, arriesgadas y a menudo clandestinas para no hundirse completamente en la inexistencia social.

En estas condiciones, resulta inoportuna la opción de acantonar la prostitución en lugares (prostíbulos) o zonas urbanas específicas. A veces reclamada por asociaciones vecinales víctimas de las 'molestias' ocasionadas por las prostitutas, esta opción deriva de hecho de la pura lógica NIMBY (not in my backyard : 'no en mi puerta'). Al igual que la represión de la captación de clientes, tiene como único objetivo expulsar la prostitución del espacio público para relegarla a lugares clandestinos o zonas aisladas, donde las prostitutas serán aún más vulnerables.

Al no integrar esta dimensión social y exigir una verdadera política social a favor de las prostitutas, los partidarios de la desaparición de la prostitución no pueden comprender las lógicas que conducen a la calle a cientos de mujeres y hombres. Prueba de ello es su doble visión de las prostitutas : dependientes de proxenetas cuyos intereses no harían más que conservar y defender, o inadaptadas, necesariamente víctimas de traumas psicológicos. Esto descalifica a priori cualquier pretensión de las prostitutas de expresarse públicamente y manifestar sus reivindicaciones. En consecuencia, algunas feministas y abolicionistas se condenan a tomar posiciones inaceptables para las prostitutas, quienes ven en ellas adversarias con motivaciones puritanas, y se privan del apoyo que representaría su respaldo a la lucha, tan legítima como necesaria contra la política de criminalización de la pobreza asumida por el ministro del Interior de Francia.


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